LA ÚNICA PATRIA QUE EXISTE
LA ÚNICA PATRIA QUE EXISTE
El niño tapa el sol con la mano. La luz del mediodía es acero puro. Ni una sola nube cruza el cielo de julio. El calor se desploma sobre la marisma con toda su fuerza telúrica. El río es una media luna, un tajo sonriente en el fango, cuya corriente transporta con lentitud un agua verdosa, turbia. En la orilla donde el niño contempla el cambio de marea, se acumulan electrodomésticos y todo tipo de residuos humanos, pero en “la otra banda”, la otra orilla, el mundo se transforma y las salicornias crecen vigorosas junto a las salinas que dejaron de usarse hace años. La vida en la “zapera” es plácida, previsible, regida por acontecimientos naturales que no comprende, pero que le proporcionan seguridad y alegría. Hay día y noche, viento y lluvia, nieblas densas y fríos húmedos. En las aguas saturadas de sal puede pescar cangrejos y lisas; puede bañarse y después tumbarse sobre la hierba a ver pasar las nubes y adivinar sus caprichosas formas. Entre el fango, los mosquitos y los bandos de jilgueros, el niño se reconoce como parte de aquel mundo detenido en el tiempo, sin prisas, sin el vértigo de la edad madura y las miserias que la acompañan.
El niño no lo sabe, pero aquel verano será el último. Todo cambiará. Con el tiempo, crecerá y abandonará aquella patria mítica de su infancia, la Arcadia feliz donde todo era posible y el dolor apenas asomaba sus fauces en sueños. Otros asuntos aturdirán sus sentidos y lo alejarán del estero de aguas verdosas y de la luz metálica de julio. Se hará mayor, más cínico y poliédrico, ajeno a la pureza básica de los tiempos en que jugaba a ser indio o vaquero, ocultándose entre los arbustos de almajos.
Pero un día, mucho tiempo después, el hombre detendrá su coche y se asomará a la misma orilla desde la que contempló el mundo por vez primera. A sus sentidos regresará el olor del fango, el sabor de la sal y la algarabía de los gorriones; sus ojos contemplarán la belleza del azul metálico del cielo y la dócil brisa del suroeste acariciará su piel, suavizando el bochorno del mediodía. El hombre verá en el interior de su alma al niño, como si fuera un Prometeo encadenado, y lo liberará para que pueda, una vez más, solazarse en la pureza de la marisma, donde un día vivió feliz y despreocupado, fuera del tiempo y del espacio.
El hombre contemplará al niño que una vez fue jugando en la orilla del estero y entenderá que el único lugar al que se pertenece, la única patria que existe, es la infancia.
Jesús González Francisco

Comentarios
Publicar un comentario