LA ÚNICA PATRIA QUE EXISTE
LA ÚNICA PATRIA QUE EXISTE El niño tapa el sol con la mano. La luz del mediodía es acero puro. Ni una sola nube cruza el cielo de julio. El calor se desploma sobre la marisma con toda su fuerza telúrica. El río es una media luna, un tajo sonriente en el fango, cuya corriente transporta con lentitud un agua verdosa, turbia. En la orilla donde el niño contempla el cambio de marea, se acumulan electrodomésticos y todo tipo de residuos humanos, pero en “la otra banda”, la otra orilla, el mundo se transforma y las salicornias crecen vigorosas junto a las salinas que dejaron de usarse hace años. La vida en la “zapera” es plácida, previsible, regida por acontecimientos naturales que no comprende, pero que le proporcionan seguridad y alegría. Hay día y noche, viento y lluvia, nieblas densas y fríos húmedos. En las aguas saturadas de sal puede pescar cangrejos y lisas; puede bañarse y después tumbarse sobre la hierba a ver pasar las nube...