LA CIUDAD SOÑADA
El
joven que muchos años después se quitará la vida en su rancho de Idaho, corre
alborozado delante de los toros, acompañado por cientos de jóvenes como él, repletos
de una adrenalina pura y singular, excitados por el alcohol y el olor enervante
del riesgo. Quiere retener en su memoria la algarabía provocada por la
estampida de los astados y reescribirlo una y otra vez hasta que adopte una
forma literaria perfecta: los aromas acres del sudor y el vino, los gritos de
la muchedumbre enfervorecida, el latido desenfrenado de su corazón, la
sensación de hermandad entre corredores, la luz del sol golpeando con furia
sobre el pavimento… lo contará cientos de veces, lo revivirá una y otra vez, lo
echará de menos el resto de su vida.
El
escritor prematuramente envejecido, embotado por los excesos, dirige el arma
hacia sí mismo. Es un día caluroso y seco, como los que vivió en Pamplona,
cuando la vida estaba aún por desvelarse. Sobre la mesilla descansan las
entradas para la Feria del Toro a la que ya no acudirá.
Lo
último que escucha antes de la detonación es el estruendo de las pezuñas
hiriendo el asfalto de la ciudad soñada.
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