NO PODÍA SER OTRA PERSONA


Cuento de mi libro "El amor no era para tanto". Se recomienda su lectura mientras se escucha "Since I've been loving you" de led Zeppelin para mejorar la experiencia. El libro está disponible en la web de Pábilo y en plataformas como Amazon y compañía.




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                     NO PODÍA SER OTRA PERSONA


“Everybody trying to tell me

That you didn´t mean me no Good

I’ve trying, Lord,

Let me tell you, let me tell you

I really did the best i could”.

Since I’ve been loving you

Led Zeppelin


El teléfono vibró a las dos y cuarto de la mañana. Julio finalizaba. Hacía un calor del demonio. El ventilador de techo removía el aire estancado y caliente del dormitorio. Sofía se destapó rezongando alguna cosa y dejó ver el lado izquierdo de su espléndido cuerpo flexible, de miembros alargados y redondeados, joven y dispuesto. Mientras el teléfono continuaba vibrando, alargué la mano izquierda y acaricié su muslo y su culo. Se me puso dura enseguida. Sólo entonces contesté a la llamada.

—Hola, Carmen.

—Sí, hola.

No podía ser otra persona. En la pantalla de mi Samsung se veía su nombre, pero yo lo sabía desde antes. A esas horas, solo podía ser mi exmujer. Llevaba dos meses llamándome cada noche. Unas veces le cogía el teléfono y otras, en cambio, disfrutaba contemplando cómo agotaba todos los tonos de llamada posibles y, al final, desistía.

Me levanté de la cama y me fui al salón . Puse la tele en silencio. Una vidente, repleta de abalorios y de toda la parafernalia adivinatoria, hacía caja con los noctámbulos desesperados. Me quedé en silencio aguardando la tormenta. Pasaron veinte segundos.Percibí su respiración furiosa a través del auricular.

—¿Está la puta contigo?

—No la llames puta. Y si sigues así, voy a colgar ya mismo

—Vale, vale, no la llamaré puta, ni zorra, ni calientapollas, no te preocupes.

—Adiós, Carmen.

—No, no, espera. No cuelgues. Dime al menos cómo se llama.

—Sofía.

—¿Sofía?

—Sí, Sofía. Se llama Sofía.

—¿Cuántos años tiene, quince?

—No seas salvaje, por favor. Voy a colgar, tengo sueño.

—No, no, no. Perdona. Ya sabes que no soy así. Déjame ser vulgar una vez al menos, ¿no? Yo también tengo derecho.

—Carmen, esto no nos lleva a ningún lado. Creo que deberías de replantearte…

—No uses ese tono condescendiente conmigo. Yo te conozco, no soy una de esas  jóvenes impresionables que te follas ahora desde que eres un escritor famoso.

Ahogué una carcajada.

—Ni soy escritor, ni soy famoso. Me han publicado una novela que no ha leído nadie y colaboro en una revista que tampoco lee nadie, ya lo sabes.

—Pero sí que te follas a mujeres mucho más jóvenes que tú.

—Eso no es asunto tuyo.

—¿No? Me has dejado para poder follarte a chicas jóvenes y estúpidas, no lo niegues.

—No te dejé por eso ni para eso, Carmen. Creo que voy a colgar esta vez, en serio.

—¿Cuántos años tiene esa?

—“Esa” se llama Sofía y tiene veintiocho años.

—¿Veintiocho? Santo cielo, ¿no te da vergüenza?

Colgué. Veintiocho años. Para alguien como yo, un hombre de cuarenta y cinco años, convivir con una mujer de esa edad resultaba una experiencia excitante e insólita. El sexo era continuo y sorprendente. Sofía se mostraba dispuesta a cualquier requerimiento y ella misma requería de mí acrobacias desconocidas y constancia de obrero estalinista. No solo era por el sexo o por su belleza fresca, su sonrisa radiante o sus hombros rectos y suaves. Sofía también ofrecía un discurso coherente, unas ideas propias cuya defensa constituía una obligación moral para ella y un vasto y competente gusto en materias como literatura, cine, teatro, arte o política internacional. Trabajaba como redactora de un diario online y colaboraba de forma esporádica con otras publicaciones. Podría decirse que nos conocimos de una manera típica, dadas las circunstancias. Una tarde se puso en contacto conmigo a través de un correo electrónico. Le había gustado mi novela y quería entrevistarme. Me sentí halagado y sorprendido a partes iguales. El libro había tenido el mismo éxito que la coca cola sabor a cereza. A nadie le había importado una mierda. De modo que una entrevista se me antojaba como un posible cambio en la dinámica patética de mi novela. Acepté encantado y confirmamos una cita en su apartamento para el día siguiente. «Trabajo desde casa», confirmó ella. «Es más cómodo para mí, si no le parece mal.»


La entrevista fue mucho mejor de lo que yo esperaba. La chica había leído el libro a fondo, eso se notaba. Y le había gustado. Me lo confirmó el entusiasmo con el cual habló sobre desarrollo de personajes, estructura o vocabulario. Parecía sentir una admiración genuina por mi manera de escribir. Yo me dejé llevar sin problemas, permitiendo a mi maltrecho ego experimentar los laureles del encomio con el cual ella glosaba mis cualidades como narrador. «Es la mejor novela que he leído este año». «Gracias, es todo un placer que opines eso de mi libro». Terminamos hablando de otras cosas. En ningún momento me avisó del final de la entrevista; continuamos hablando y ya está.

El teléfono volvió a vibrar.

—Has colgado.

—Te lo advertí.

—Eso es desagradable, incluso viniendo de ti. 

Colgué otra vez. Ella insistió. Dejé vibrando el teléfono diez segundos. Después contesté.

—No me cuelgues más, por favor. Quiero decirte un par de cosas. Creo que me he ganado ese derecho.

—¿Derecho? ¿Qué quieres decir con derecho?

—Hombre, tú dirás. Me dejaste hace menos de un año y ya has estado con ocho o nueve mujeres diferentes.

—No seas infantil, Carmen. Eso es absurdo.

—Bueno, las que sean. El hecho es que me dejaste tirada y merezco poder decirte algunas cosas.

—Ese camino solo lleva al cabreo y a la tristeza.

—Eso tengo que decidirlo yo.

—Tú misma.

—Veintiocho años. Sofía. Periodista. ¿Correcto?

—Correcto.

—Esa es la que te invitó a su apartamento para la entrevista, ¿verdad?

—Sí.

—Seguro que fue premeditado. Le gustaste por cualquier estupidez y fue a por todas.

—No lo creo, Carmen. No soy merecedor de tantas conspiraciones.

—Yo te quería.

—Y yo a ti. Son dos cosas diferentes.

—No digas eso. No digas que me querías. No seas mezquino.

—Está bien, no diré que te quería.

—Está claro que no. De hecho, me dejaste para poder follarte a otras mujeres más jóvenes y poder vivir la fantasía de seguir siendo joven tú también.

—No te dejé por eso, no seas ridícula.

—No me llames ridícula, no te lo consiento.

—Llevas razón. Lo siento. No te dejé por eso. Te dejé porque me enamoré de otra mujer y no quería hacerte más daño engañándote.

—Qué considerado por tu parte.

—Que te burles no implica que no sea verdad.

—No me burlo, solo es que me resulta ridículo cómo los hombres justificáis vuestros traumas con la puta madurez. Es cumplir los cuarenta y os volvéis locos. Creéis que vais

a morir al día siguiente y empezáis con esas gilipolleces sobre cómo no habéis conseguido lo que deseabais en la vida, lloráis por las oportunidades perdidas, por las grandes cosas a las que estabais destinados y lo sublimáis todo buscando carne fresca. Como si follarte a una periodista de veintiocho años fuera a convertirte en el novelista que querías ser.

—En fin, Carmen. Esta conversación no nos va a llevar a ninguna parte, ¿no crees?

—Supongo que no, supongo que no. Bueno, yo solo quería decirte que también estoy en la cama con alguien.

Ese giro no me lo esperaba. No creía que fuera verdad, pero le seguí el juego. Con Carmen nunca se sabía.

—Vaya, enhorabuena.

—No seas cínico. No te pega.

—No estoy siendo cínico; me alegro por ti de verdad. ¿Cómo se llama?

—¿Qué más te da?

—Bueno, vale. Llevas razón.

—Raúl. Se llama Raúl. Tiene cuarenta y dos años y es profesor de Lengua y Literatura en un instituto. Os llevaréis bien.

—¿Nos llevaremos bien? ¿Se supone que voy a conocerlo?

—No te hagas el gracioso. Quería decir que os llevaríais bien. Le gusta alardear de lecturas, igual que tú.

No sé por qué, pero sonreí. Y esa sonrisa despertó algún resorte oculto en la memoria cuyo efecto fue una erección casi completa. Me metí la mano debajo del pantalón del pijama y empecé a frotarme la polla despacio, con método y calma.

—¿Cuánto tiempo llevas con él?

—Un mes más o menos.

—Ajá.

Empecé a frotarme con más intensidad.

—Está separado y tiene dos hijos. Su exmujer y sus hijos viven fuera. Supongo que a la larga eso será un problema, pero ya somos mayores, encontraremos la forma de seguir adelante.

—Ajá.

—¿Ajá? ¿Qué te pasa? ¿Te has puesto celoso o algo? Sería el colmo.

No contesté. Seguí masturbándome, ahora con la polla fuera de los pantalones. Eché una ojeada a la tele. La vidente me miraba con deseo. Aquellas manos llenas de anillos me pusieron frenético. Comencé a sentir la humedad del sudor en la frente y en la nuca. Dios, iba a ser una de las buenas.

—No, no. Sigue contando cosas de tu nuevo novio…

—No lo llames “nuevo novio” como si fuera bailando de flor en flor tirándome tíos, como haces tú, por cierto.

Me quedé en silencio. No es que no tuviera opciones de réplica, es que me resultaba imposible concentrarme en la conversación. Había entrado por completo en el punto de no retorno. Ya me daba igual todo. Iba a correrme y nada podría impedirlo. Un leve gemido escapó de mi boca. Un gruñido, más que un gemido. Carmen, acostumbrada a mis hábitos nocturnos debió de intuirlo.

—¿Te estás masturbando?

Paré de golpe. Pocas veces se me había bajado tan rápido la erección.

—¿Cómo? No seas ridícula, mujer.

—¡Te la estabas cascando, cabrón!

—Baja la voz, por favor. ¿Estás loca? En serio, Carmen, estás siendo ridícula y presuntuosa.

—¿Sabes por qué sé que te estabas masturbando? —Ahora utilizó una voz burlona—. Lo sé porque te noto avergonzado y cuando te avergüenzas dices palabras rebuscadas

como “presuntuosa”. Solo falta que me digas “obtusa”.

—Piensa lo que quieras.

—No, de verdad, me siento halagada. Después de tanto tiempo y teniendo en cuenta que follas con una periquita de menos de treinta años, me resulta tierno que te hagas pajas

escuchándome hablar de Ramón.

—¿Ramón? ¿No es Raúl?

—Raúl, he dicho Raúl, no Ramón. No intentes liarme, pajillero.

—Voy a colgar, Carmen.

—No, no, espera. Tengo que decirte algo más.

Carmen se calló un instante. Me pareció oír un suave forcejeo con alguna tela.

—A mí también me ha puesto cachonda escucharte hablar de ella. Ahora estamos iguales. Estoy masturbándome, pensando en ti y en la puta a la que te tiras.

—No creo que rebajarte tanto vaya a darte la superioridad moral que persigues.

—Sigue, sigue, sigue diciendo gilipolleces pretenciosas. Me encanta. Sigue, por favor.

En ese momento colgué. Juro por dios que hubiera salido corriendo a toda hostia a la que fue mi casa muchos años y me hubiera tirado a Carmen sin importarme el tontopollas de Lengua y Literatura durmiendo al lado, si es que existía. Lo juro por dios. Lo hubiera hecho sin más. Apagué el teléfono para volver a la realidad y encontrar algún asidero al estado de demolición en el que me encontraba. Volví a la cama. Me acosté con todo el cuidado del mundo para no despertar a Sofia, tratando de refrenar el conejo saltarín que tenía por corazón. Ella se dio la vuelta. Su pelo se derramó por la sábana; observé complacido su dormir sereno, con la boca fresca, ligeramente entreabierta, de manera que podía verle la punta de los incisivos. Abrió los ojos. Parecía volver de algún lugar maravilloso donde todo era blando y fácil y donde no existían las tinieblas ni las peleas absurdas a las

dos de la madrugada.

—Qué pasa. Estás despierto todavía.

—Estaba leyendo. Duérmete otra vez.

—Estaba soñando contigo.

Alargó el brazo y me pasó la mano por la cara.

—Deberías afeitarte. Después me pinchas cuando te beso.

—Mañana sin falta, Sofía. Anda, duérmete otra vez.

Cerró los ojos y se durmió de nuevo. Me quedé mirando el techo. Cogí el ejemplar de Nueve cuentos de Salinger y me puse a leer El tío Wiggly en Connecticut. Cuando las dos protagonistas están borrachas, decidí dejar el libro. Había una idea en mi cabeza que me impedía concentrarme.

Volví al sofá. Con la agitación, me había olvidado la tele encendida. Ya no estaba la vidente. Ahora, un chaval gordito estaba situado junto a una ruleta. Sus labios carnosos se movían en silencio. Una chica neumática hacía girar la rueda de la ruleta, inclinándose para que se viera bien el nacimiento de su escote. Cogí el teléfono y lo encendí. Tenía catorce llamadas perdidas de Carmen. Deslicé el pulgar por la opción de últimas llamadas y pulsé. Cogió el teléfono a la primera.

—¿Estabas dormida?

—¿Yo? Qué va, estaba esperándote.

Y seguimos por donde lo habíamos dejado.


Jesús González Francisco

NO PODÍA SER OTRA PERSONA

EL AMOR NO ERA POARA TANTO (PÁBILO EDITORIAL, 2020)



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